Sumisión en puntas

LUNES

Mensaje para Alicia Alonso

La carta es conmovedora. Está escrita con temor y furia. El hecho de que la firmen los bailarines sin precisar sus nombres y apellidos no es un recurso literario, ni un homenaje a Fuenteovejuna. Es una credencial de la cobardía, la indefensión y del desempeño de una dictadura dentro de otra.

Se trata de un documento enviado a la gran bailarina Alicia Alonso por los integrantes del ballet cubano que realizaron una gira por España entre el 7 de septiembre y el 2 de diciembre. No lo suscribe nadie. Lo firman todos y es un inventario de quejas que incluye el reclamo de 50 euros como regalo por el trabajo de los tres meses.

La misiva, redactada en un lugar de España, dice en su primer párrafo: «Estimada Alicia, nuestra respetable directora, quienes redactamos esta carta somos integrantes de la compañía. Discúlpenos si no nos identificamos, pero por sentido común y conservar la seguridad de los bienes que nos reportan las giras, nos vemos en la obligación de ocultar nuestras identidades. Hemos bailado, dicen los artistas, en condiciones que usted no se puede imaginar, hemos viajado durante 14 horas en autobuses espantosamente incómodos, nos alimentamos Dios sabe de qué mala manera porque los 30 euros diarios están bien lejos de alcanzar para comer, comprar y ahorrar, cosas que tenemos que hacer porque ya sabe que en Cuba no es que se viva de manera gratuita».

La nota anónima contiene duros ataques al gerente que viaja como jefe del grupo. Le piden a la señora que intervenga con su autoridad para que el funcionario acepte hacerles el regalo de 50 euros que está programado para el fin de cada gira.

«¿Qué daño puede hacerle a las ganancias de la compañía que destinen 4.000 o 5.000 euros para hacernos un minúsculo regalo después de haber bailado durante tres meses y de haberle dado gloria a nuestro país y no bajo las ideales condiciones de trabajo?».

La sumisión en puntas no perturba la belleza.

MARTES

Fuera de tiempo

A Luis Alberto Cabrales (Chinandega, 1901–Managua, 1974), un poeta lírico, un hombre de derechas, polémico, brillante, pendenciero y temeroso de Dios, lo recuerdan y lo leen todavía en Nicaragua y en algunos sitios silenciosos y selectos de América Latina porque su obra y su influencia en el movimiento de la vanguardia centroamericana son tan importantes como la de sus compañeros con otras derivas y otros signos políticos. José Coronel Urtecho, Joaquín Pasos y Manolo Cuadra, por ejemplo.

Estudió y se formó en París. De allí, volvió a Nicaragua, a finales de los años 20, y se encontró con Coronel Urtecho que regresaba de Estados Unidos enterado y cautivo por lo que escribían los norteamericanos. Fundaron, con todas sus experiencias como poetas en sus estancias fuera del país, una corriente, una manera de asumir la poesía que renovaría la literatura de la región y dejaría seco en su sitio del pasado al modernismo y a Rubén Darío.

Ellos dos eran los puntos más visibles y altos de la Vanguardia nicaragüense. Para Cabrales, que tenía el fantasma de Darío asomado a todas las líneas de sus primeros poemas, fue, más que una batalla para borrar del mapa al poeta de las princesas y los cisnes, un conflicto familiar, un desafío al padre autoritario y omnipresente.

No hay mucho entusiasmo para las celebraciones y los recuerdos del periodista, un riguroso y ácido defensor de su filosofía, un personaje implacable. Allá se le quiere mejor por su único libro de versos: Ópera parva (1961), por su labor como pedagogo, su crítica y sus ensayos.

Sus poemas y sus aportes a la poesía lo sostienen por encima de sus posiciones que lo dejaron solo en medio de las complejidades políticas de un país arrasado por la dictadura de Anastasio Somoza y en las alternativas de una serie de episodios personales que recibieron reseñas en las páginas de la crónica roja de los diarios.

Aquí van unos veros de Cabrales: «Un gallo canta en el fondo de la noche,/ lejano canta, e íngrimo./ Cantó a Pedro en el Santo Evangelio/ y en coros cantó al Cid/ en la madrugadas del Romancero./ Pasó Pedro, Pasó el Cid,/ ¡y yo he de pasar también, Dios Mío!».

MIÉRCOLES

Racismo en el Caribe

En aquellas tierras, habitadas por una mayoría infinita de hombres y mujeres que llegaron al mundo con la mezcla de España y África, cuando se escucha a alguien un discurso discriminatorio, sesgado, con una preferencia por sus orígenes europeos, cae de pronto esta pregunta: «¿Y tu abuela dónde está?».

El escritor, dramaturgo y etnógrafo hispano- dominicano Carlos Esteban Deive (Sarria, Lugo, 1935) le pone título a su libro con esa frase popular porque la obra es una investigación seria, rigurosa del surgimiento y el desarrollo del mestizaje y del racismo en Haití y en República Dominicana. El libro de Deive es una obra alejada del facilismo folklórico y de la fiesta barata. Es profundo, está escrito con la autoridad de quien puede tocar, sentir y vivir los asuntos que trata. El autor puede ayudarle a mucha gente a encontrar a su abuela.