Fundaciones y contiendas

MIÉRCOLES

Cármenes y tierra muerta

Andaba solo, no pertenecía a ningún grupo literario y rechazaba las comparsas culturales. Juan Liscano (Caracas, 1915-2001) quería saber de los seres humanos, sus misterios interiores, el amor como aventura y experiencia, el oscuro esplendor del ocultismo y los ofrecimientos terrenales de la naturaleza. Para entrar en esas materias escribía poesía. Comenzó a hacer versos en la década de los 30 y puso el punto final unos días antes de su muerte.

No hay manera de encerrar sus poemas en una carpeta y ponerle un letrero para clasificarlos. Liscano confesaba que se sentía siempre en una suerte de vestíbulo virtual. No permanecía en las comarcas favorables que lo llamaban desde el interior, pero tampoco se exponía en los exteriores de aquél zaguán. Decía que era un poeta de amplio registro y parece que quería llegar a todos.

Esa trayectoria de búsquedas de la armonía, la paz, la serenidad, la cópula o el amor pleno, han hecho que el autor de Cármenes, Nuevo Mundo Orinoco y Tierra muerta de sed, deje una estela de frustraciones y esperanzas que lo presenta, alternativamente, como un hombre invencible o un pobre animal agotado. Su obra poética, a pesar de su originalidad y trascendencia, es víctima de los talentos de Liscano para otras disciplinas como el ensayo, el periodismo, la crítica literaria, los estudios del folclore venezolano, la promoción cultural y la edición.

A juicio de muchos estudiosos, sus ensayos y críticas son piezas imprescindible para conocer la literatura del siglo XX de Venezuela. Son indagaciones profundas, inteligentes y rigurosas. En ese inventario figuran libros tan importantes como El horror de la historia, Caminos de la prosa, Lecturas de poetas y poesía y Espiritualidad y literatura: una relación tormentosa.

A la hora de salir a la luz los versos de Liscano tienen que esperar también a que se apacigüen los debates sobre su vida polémica y comprometida, sus batallas contra las dictaduras y su presencia en el escenario político del país. Tienen que esperar a que se le recuerde como director de la revista Zona franca y como presidente de la editorial Monte Ávila.

En estos días, el poeta regresa a la memoria de los lectores venezolanos y a la de los hombres y mujeres de aquel país que creen en la cultura y su alianza con la libertad. Se recuerda al poeta porque el suplemento Papel literario, del periódico El Nacional de Caracas, cumple 70 años. Liscano fue su fundador y, junto a Miguel Otero Silva y el poeta Antonio Arráiz, lo bautizaron y lo lanzaron a la calle una mañana de 1943.

Cosmopolita, plural, democrático y con las firmas de importantes escritores contemporáneos en su lista de colaboradores, el Papel literario es el refugio del pensamiento de Venezuela. Ahora necesita, más que nunca, la sabiduría de los años y la fuerza de sus fundadores.

Me gusta celebrar las siete décadas de Papel literario con estos versos de amor de su fundador, Juan Liscano: «Se conocieron ayer:/ llevan siglos de parecerse/ De abrazarse en la paredes siempre únicas/ de reconocerse en todos los lugares/ donde el sueño esconde su tesoro/ donde la dicha deja a la nostalgia/ donde nunca estuvieron/ donde están».

JUEVES

Un modernista en San Ramón

Es verdad que su contraseña personal parece un seudónimo: Lisímaco Chavarría Palma. Pero el poeta costarricense era tímido y allá, en su casa de San Ramón de Ajuela, escribía sus versos y los firmaba con el nombre de su mujer: Rosa Corrales. Era pintor y escultor, y para ganarse el pan trabajaba como maestro y relojero. Esos oficios los ejercía de frente a los alumnos y a las maquinarias precisas y mínimas que marcaban el tiempo, su tiempo.

Chavarría Palma (1878-1913) tuvo que liberar a su esposa de la autoría de sus poemas cuando en 1909 ganó el premio literario más importante de su país, la Flor Natural de los Juegos Florales de Costa Rica. Rubén Darío y otros grandes escritores de la región como José Enrique Rodó y Manuel Ugarte conocieron su obra y ayudaron a difundirla fuera de Costa Rica.

El hombre carga desde entonces con todos los honores que, por allá, siempre llegan después del hambre, el olvido y la muerte. Es un hijo benemérito de la patria y su nombre preside colegios, instituciones culturales y otros inventos oficiales.

Un grupo de escritores de México, El Salvador y Guatemala fueron esta semana a San Ramón de Alajuela para celebrar allí, junto a numerosos autores costarricenses, el VI Encuentro Internacional de Poetas de la Tierra. Ofrecieron recitales de poesía escrita por creadores que proceden de la cultura indígena y africana. La reunión de autores centroamericanos estaba dedicada a Lisímaco Chavarría Palma, cómo no, y a su obra, que incluye cinco cuadernos de versos.

El poeta de San Ramón queda en la historia de la literatura de su país como un modernista ortodoxo, quizás con demasiada resonancias de su amigo y promotor nicaragüense. Con él tenía correspondencia permanente en un español extinguido en el que nadaban cisnes blancos y podía volar la libélula vaga de una vaga ilusión.