Obama tiene quien le escriba

Nicolás Maduro, que tiene tanta vocación de protagonismo como su predecesor, el desaparecido Hugo Chávez, seguramente cree que su misiva a Barack Obama ha sido determinante en la decisión que tomó el presidente estadounidense de consultar con el Congreso antes de iniciar una acción militar contra el Gobierno de Siria.

Cuando hace unos días todo parecía apuntar a un ataque inminente de EEUU contra Asad por el uso de armas químicas contra la población, la mayoría de los gobiernos en Latinoamérica se mostró contrario a una agresión y el actual presidente venezolano sintió la necesidad de escribirle una carta a Obama. En ella Maduro le pide que «reflexione y evite una guerra».

No debe sorprender el apoyo de Maduro a la dinastía Asad, pues en 2006, siendo él canciller, Chávez selló la alianza entre los dos regímenes con una visita a Damasco. Una alianza que secundan los países del ALBA, defensores de la revolución del siglo XXI que el fallecido líder intentó consolidar. Por ejemplo, Fidel Castro resurgió de su letargo con una de sus Reflexiones en contra de lo que ha calificado de «una violación flagrante a los principios de la Carta de Naciones Unidas y del Derecho Internacional». El anciano comandante afirma que un ataque a Siria sería un «genocidio». Lo que no aclara es su opinión sobre la masacre con gas sarín de más de 1.000 adultos y casi 500 niños en las afueras de la capital siria. Y es que los gobiernos de Cuba, Venezuela, Ecuador, Nicaragua y Bolivia siguen la línea del presidente ruso, Vladimir Putin, de negar la responsabilidad de Asad y sostienen que se trata de un montaje de la oposición. El propio presidente boliviano, Evo Morales, ha acusado a Obama de impulsar «guerras» con el fin de apropiarse de los recursos naturales de otros países.

Fuera del ámbito del ALBA, Brasil ha rechazado un ataque a Siria al margen de una resolución de la ONU, posición que comparte Argentina, partidaria de una intervención de carácter humanitario. Posturas similares son las del colombiano Juan Manuel Santos y las del mexicano Enrique Peña Nieto, preocupados por la violación de los derechos humanos bajo el régimen de Asad, pero reticentes a cualquier maniobra militar sin el consenso internacional.

Para los enemigos habituales en la región del «imperio» que representa EEUU, debe haber sentimientos encontrados ante el inesperado anuncio de un Obama que escapó al cliché de «gatillo alegre» del que acusan a Washington. Consciente de que no cuenta con el respaldo mayoritario de la sociedad, el presidente se ceñirá a lo que el Congreso decida, a pesar de que se inclina por castigar las atrocidades cometidas por Asad. Por una vez Maduro, Morales y Castro coinciden con uno de los sectores conservadores de las filas republicanas y con los libertarios, opuestos a un ataque.

En realidad, Obama no necesita recibir una carta de Maduro pidiéndole que no movilice sus buques de guerra. El título de la portada de la revista Time resume su talante: El guerrero descontento. Pero al discípulo de Chávez, belicoso y aficionado a las escaramuzas, se le escapan los matices de tan peliagudo dilema.