‘Taxman’ vs. la lideresa

Las críticas de Esperanza Aguirre a las subidas y prórrogas de impuestos han colocado en alerta al PP y al Ministerio de Hacienda. La preocupación no se debe tanto a que se pueda gestar dentro del partido una corriente crítica –de hecho a la presidenta del PP madrileño sólo la apoyan sus fieles porque el aparato de Génova 13 está totalmente domesticado–, sino a la atracción que su planteamiento despierta entre los ciudadanos. Una vez más, Aguirre ha demostrado su acreditado olfato político que le permite conectar con las aspiraciones más populares.

El lunes, en el comité ejecutivo del PP, planteó su posición y recibió la réplica de Cristóbal Montoro, quien le recordó que el «recargo solidario» del IRPF sólo durará tres años, los mismos que tardó el Gobierno de Aznar en bajar los impuestos. La discusion se prolongó tras el comité en un cara a cara, donde Montoro insistió en que no es el momento de bajar el Impuesto de Sociedades. La verdad es que, por diversas razones, la funcionalidad de este tributo quedó inutilizada en la época de Zapatero.

Aguirre volvió a referirse a Montoro en la Cope el miércoles y allí dijo que «el problema del partido no es de comunicación, sino de convicción del ministro de Hacienda: hay que bajar los impuestos».

Sus palabras molestaron en el Ministerio.

A su vez, ayer, los aguirristas se sentían agredidos por la publicación en el diario digital El Confidencial de una nota que decía que la lideresa había elevado la presión fiscal en 465 millones –en un período de dos años– poco antes de abandonar la Comunidad de Madrid mediante la subida de tasas y precios públicos (matrículas, transportes, copago, etc.).

Algunos seguidores de Aguirre dijeron ayer que dicha información le venía como anillo al dedo a Montoro, a quien apodan taxman (recaudador), en su batalla con la lideresa. De hecho, el laboratorio de Montoro se ha aficionado ultimamente a las presentaciones creativas con apoyo estadístico, como quedó de manifiesto con la del déficit según la Contabilidad Nacional, donde aparecía sobredimensionado el esfuerzo del Estado frente al privado.

La presión fiscal se mide dividiendo los ingresos fiscales por la riqueza (la renta nacional o PIB). Y entre estos ingresos están los tributarios que son de tres tipos: impuestos, tasas y contribuciones especiales. Es cierto, entonces, que aunque Aguirre no subió ningún impuesto, la presión fiscal en Madrid se incrementó ya que sí elevó las tasas universitarias, el abono transporte y aplicó el copago farmacéutico aprobado por el Gobierno de Mariano Rajoy. Pero una cosa es subir un impuesto, que se paga por el mero hecho de consumir (IVA) o de obtener una renta (IRPF) y otra pagar una tasa a cambio de la percepción de un servicio público.

Por tal razón, es mucho más preciso hablar de esfuerzo fiscal, un concepto que refleja el procentaje de aquello que ganamos que se destina a pagar impuestos.

Si en términos de presión fiscal, Madrid figura entre las comunidades con mayor índice, junto a Cantabria, Cataluña o Castilla-La Mancha, como puso ayer de manifiesto el informe sobre el Día de la Liberación Fiscal elaborado por el think tank Civismo, si hablamos de esfuerzo fiscal, Madrid es la que menos: un 4,72% frente al 5,16% de Cataluña, el 7,79% de Andalucía o el 8,76 de Extremadura. El promedio nacional está en el 6,05% según datos del INE y la Agencia Tributaria.

No podía ser de otra manera ya que Aguirre hizo una política deliberada basada en la idea de que donde mejor está el dinero es en el bolsillo de quienes lo han ganado. Ella fue la primera que rebajó un punto el IRPF autonómico y ahora Madrid tiene cinco puntos menos que Cataluña y recauda 700 millones más. Bonificó el Impuestos de Sucesiones y Donaciones y logró que las donaciones pasaran de 5.000 en 2006 a 27.000 en 2012. Aguirre también abanderó la campaña para eliminar el Impuesto de Patrimonio y hoy es la única comunidad que lo mantiene totalmente bonificado.

Según datos de la Comunidad de Madrid, desde 2003 cada madrileño se ha ahorrado 700 euros al año en impuestos.

Montoro está atrapado en un viejo aforismo hacendístico: en recesión, bajar impuestos sólo hunde la recaudación. Pero pone tanto entusiasmo en crear y elevar tributos y en probar con cifras lo indemostrable, que muchos votantes del PP ya no saben si es uno de ellos o –como dicen los jóvenes–k ase.

john.muller@elmundo.es