Los mármoles tiemblan

Los reyes sólo se inclinan ante el Papa o ante sus favoritas. Ayer se vio cómo monarcas se postraron ante un pontífice porteño, coloquial, sonriente, heredero del oficio y la gloria de los emperadores. Tal vez, para recordarlo, los príncipes de la Iglesia conservan el obelisco que trajo Calígula de Egipto, el único que permanece izado en ese medio kilómetro cuadrado que mide la Plaza de San Pedro, trapezoidal, majestuosa, diseñada por Bernini, con columnatas dóricas y una balaustrada donde se asientan los 140 santos de mármol.

Cuentan los romanos que las estatuas de la ciudad están calladas desde que los ejércitos del emperador Carlos I, con lansquenetes luteranos de trajes hinchados, tomaron Roma, la saquearon, convirtieron las iglesias en establos, mataron a 6.000 personas y robaron las obras de arte. Para recordar las relaciones del Vaticano con la muy católica España, se recomienda leer un epigrama latino que explica el silencio de las tallas: «¿Por qué ha de extrañarte, visitante, que estos mudos dioses contengan la respiración bajo la piedra? A la llegada del español, el miedo los convirtió en piedra, los mármoles aún tiemblan».

Unas veces fuimos martillo de herejes, corrimos detrás de los curas con cirios o con piedras; los liberales desamortizaban, los ministros masones expulsaban a los jesuitas, los anarquistas quemaban las iglesias y los señoritos ecuestres alanceaban a los de la FAI. «Franco tenía el atributo en la elección de obispos, pero el Vaticano le hacía la pirula y nombraba obispos auxiliares que eran los que mandaban», me explica un cardenal de paisano.

El Papa porteño no invitó a nadie a su misa. No es necesario: Roma es una ciudad abierta. La delegación española estaba formada por los Príncipes de Asturias, Rajoy, su esposa y tres ministros. Hay muchas esperanzas ante este pontífice argentino y jesuita, aunque según Borges los argentinos siempre se definieron por querer apartarse de España. Me cuenta el cardenal que las relaciones del Vaticano con el Gobierno son maravillosas. «Con Zapatero fueron turbulentas. La vicepresidenta cameló a Cañizares y se llevó bien con el inquietante Bertone, pero luego iba a Roma y la mareaban».

Francisco quiere una Iglesia pobre para pobres, enfermos, apátridas, encarcelados. Al hijo del ferroviario le asusta como a Lutero, hijo de leñador, que la inmensa mayoría de los santos y Papas pertenezcan a las clases altas. Él conoce la obra de Frederick Douglas, el abolicionista, que contaba cómo se vendían hombres para construir iglesias. «La campanilla del subastador de esclavos y la campana que llama a la iglesia se funden y el llanto de los esclavos queda ahogado entre los sermones y la música de los órganos».