Pobre entre pobres
POR ACTIVA y por pasiva, y hasta desde su propio nombre, Francisco insiste en que la Iglesia debe acercarse a los pobres. Ha dicho: «¡Cómo me gustaría tener una Iglesia pobre y para los pobres!». Es un deseo que no admite réplica pero del que se desprenden ideas inquietantes. Pone en una dimensión monetaria una institución asentada sobre la fe. ¿Debe acercarse la Iglesia a la gente según su renta o según lo torcido que lleve el camino? ¿Tienen menos fe los pobres? ¿No necesitan más de la Iglesia aquellos con su materialismo saciado que olvidan a Dios? Más allá de su prehistoria, la Iglesia siempre ha sido una Iglesia rica que ha abierto las puertas del cielo con más alegría cuando se dejaba propina. Es difícil cambiarlo, pues no se prevé una desamortización ni tampoco unos señores van a llegar a la nulidad eclesiástica más rápido que la hija de Rocío Jurado. El Papa puede ser pobre a la manera de Samanta Villar: es decir, como una experiencia de 21 días. Se le reconoce el gesto, sobre todo si no lo emite un canal privado. Pero ir derecho a la pobreza desde la cúspide del Vaticano va a costar muchísimo dinero. Francisco expresa buenos deseos pero evita cuantificarlos. El PP gallego se pasó una legislatura denunciando el derroche en audis de la Xunta y cuando llegó al poder aceptó que más caro era frenarlo. ¿Sabe el Papa la fortuna que costará tenerlo pobre al frente de la Iglesia? Su campechanía le honra, pero si abusa de ella le pasará como al protagonista de Gogol que se despertó sin nariz y se la encontró haciendo vida pública con más estatus social que él. A veces los gestos, sobre todo si son simbólicos, se independizan y adquieren más prestigio que uno. No será más difícil de digerir la imagen de Benedicto XVI como paloma entre lobos que la de Francisco como pobre llamando a rebato a los pobres bajo la Capilla Sixtina.