El padrecito
RESURGE la movida sobre el papel de la mujer en la Iglesia. No seré yo quien revindique el sacerdocio femenino, pero el debate me parece de una oportunidad extraordinaria. Los asuntos de la igualdad de género siempre han llevado tiempo porque chocan frontalmente con la inercia de las propias mujeres, de naturaleza más pasiva. Todavía hoy, algunas anécdotas siguen haciendo categoría desgraciada.
Yo no fui al ginecólogo hasta que no esperé un hijo (recién cumplidos 20 años: pronto para tener un hijo pero tarde para ir por primera vez al médico). En aquella época había pocas ginecólogas y el criterio que se impuso fue conservador: parí con un médico amigo de la familia. Más tarde, con los hijos casi criados, decidí, esta vez sí, ponerme en manos de una mujer para mis revisiones anuales. Entonces hube de vérmelas con amigas que seguían acudiendo a un ginecólogo varón porque «se fiaban más de un hombre». La frase es literal. Por suerte, esas muletillas ya no se oyen. Pero si todavía queda una mujer resistiéndose a confiar sus bajos a otra, qué no sucederá cuando se trate de confiarle sus pecados.
Hace años pasé una temporada entre comunidades indígenas de los Andes. En el altiplano boliviano conviví con unas monjas que estaban al frente de una parroquia. No eran muchas, media docena todo lo más, y desempeñaban una labor social, de ayuda a las mujeres y a los niños, a menudo víctimas de los hombres (el alcohol causaba muchos estragos domésticos). En la parroquia no había sacerdote. De vez en cuando subía uno desde Cochabamba para ejercer su ministerio, pero el pobre se quedaba a medias porque no llegaba a todas las comunidades que le requerían. Las monjas pretendían subsanar aquellas ausencias, pero yo siempre las recuerdo aplacando las iras de los campesinos, que sólo se dejaban confortar espiritualmente por los «padrecitos».
El padrecito era Dios y las monjas, sus criadas. Una de aquellas monjas, con tanta formación teológica como cualquier jesuita resabiado, me habló de su impotencia ante la desidia de Roma, que se miraba constantemente el ombligo. Aquella monja luchaba en vano por asumir responsabilidades. Hoy va por ella. Supongo que sigue en la parroquia, condenada a limpiar retretes y preparar sopa de maní.