Constitución sitiada
El país es un banquillo, otra vez un comedor de triperos de sacristía. Dijo un historiador que hubo un instante superior en la especie humana: la España de 1500 a 1570. Hubo otro momento áureo, el que va de 1978 a nuestro días; el país dejó de oler a repollo y a carbonilla, bajo el amparo de una Constitución a la que hemos estado 34 años manteando, como al escudero, y no hemos conseguido echarla por las bardas. Hasta hoy. La historia otra vez acaba, provisionalmente mal, porque tal vez, como suele ocurrir después de la crisis llega el resurgimiento y vuelve el dinero que los patriotas de las dos orillas del Ebro escondieron en Suiza. No se exiliaron las personas sino su panoja. Esta vez no nos han jodido ni los cuervos ni los sorches, sino un consenso entre dos cuadrillas de ladrilleros.
Menos de la mitad de los presidentes autonómicos asistieron ayer al Congreso para honrar a la Carta Magna que aguantó un golpe de estado y un par de intentos de secesión con la elefantiasis de las andorgas y los testículos de los nacionalistas. La Ley de Leyes que nació, milagrosamente por una correlación de debilidades, es infinitamente mejor que el mejor tirano, pero ahora está acorralada por la extorsión y el desacato. Un 67% de los españoles están poco o nada satisfechos con el funcionamiento de la democracia y más de la mitad están descontentos con la Constitución. Lo sentencia el CIS, no hay que creérsela porque hace veredictos de encargo, pero no hay mas que escuchar como un apache el ruido de la calle, para comprobar que las preferentes, la sanidad, las pensiones, la enseñanza, los desahucios, los bancos, el paro, los recortes en Justicia han poblado las plazas a todas horas de furgones policiales.
La última carga ocurrió en la Asamblea de Madrid, barrio rockero de Ramoncín, rey del pollo frito y del Cura Llanos, que encontró a Cristo fumando Celtas entre emigrantes de Cuenca y maricas de terciopelo. En el territorio de misiones, como decían las pijos de Serrano, los manifestantes rodearon el edificio y algunos entraron en la Asamblea, en plan indignados. La Policía desalojó, sin cargas serias. Sitiar una Asamblea, es sitiar la Constitución. La Ley prohíbe acosar a los parlamentos. Un diputado dijo que era un día triste para la democracia porque la Asamblea es la representación del pueblo de Madrid, apoyada hace un año por la mayoría de los ciudadanos.
La multitud es muy difícil de ser contada, por eso, entre otras cosas, se inventaron las elecciones. El peor enemigo de la democracia es la demagogia. Sitiando el Capitolio se llega a la Roca Tarpeya para despeñarse, decían los senadores romanos.