
Charles Murray, autor del ensayo 'Coming Apart'. / EL MUNDO
A medida que avanza el año electoral, todos los ojos se vuelven en Estados Unidos hacia la clase obrera blanca, un grupo al que Barack Obama no convenció en 2008 pero al que ahora necesita para su reelección. Los hispanos y los negros votaron hace cuatro años en masa por el candidato demócrata. Pero Obama perdió por 18 puntos entre los blancos con menos ingresos y su partido cayó por 30 puntos en ese segmento en las legislativas de 2010.
A priori las cosas no pintan bien para el presidente, que nunca ha conectado con un grupo en el que se ha cebado especialmente la crisis económica. Pero el entorno de Obama no ha tirado la toalla y la prueba son sus mensajes sobre la desigualdad y su propuesta de subir los impuestos a las clases altas.
Otro punto a favor del presidente es el perfil de su rival más probable en la carrera por la Casa Blanca. Mitt Romney forjó una fortuna de unos 200 millones de euros como ejecutivo de un fondo de capital riesgo y suscita cierto rechazo entre los votantes con menos ingresos. Pero deberá convencerles si quiere ganar las primarias de Ohio: el estado más importante entre los 10 que están llamados a votar dentro de cuatro días en el Supermartes.
Algunos libros han intentado definir los problemas de la clase obrera blanca. Pero ninguno es tan incisivo como Coming Apart (Crown Forum, 2012), que ha suscitado aquí un debate profundo entre intelectuales conservadores y progresistas. Su autor es Charles Murray: un politólogo libertario que ganó fama en 1994 con un libro sobre la influencia del cociente intelectual en la sociedad. Esta vez Murray se propuso diseccionar la evolución de los ciudadanos con menos ingresos en el último medio siglo y su diagnóstico es desolador. Cada vez más niños nacen fuera del matrimonio, cada vez menos varones tienen un empleo estable y cada vez más mujeres se ven obligadas a criar solas a sus hijos. El tejido social de los barrios ha desaparecido y el ambiente se ha deteriorado por el desempleo, el alcoholismo y la drogadicción.
El libro describe Estados Unidos como un país dividido entre unas élites acantonadas en los barrios más exclusivos de las metrópolis y un proletariado depauperado por la pobreza económica y espiritual. Murray demuestra con cifras que no siempre fue así. A principios de los años 60, ricos y pobres compartían los mismos códigos morales y un estilo de vida muy similar. Todos aspiraban a casarse y a tener un buen empleo. Sólo un 1% se declaraba agnóstico y los divorcios eran la excepción en todos los estratos de la sociedad.
Todo empezó a cambiar a principios de los 60. Por eso el libro se abre con una descripción de la América que desapareció con el asesinato de John F. Kennedy. «Aquellos años fueron el origen de muchos cambios en la sociedad», explica Murray en su despacho de Washington, «algunos han convertido EEUU en un país más próspero y más justo. Pero hubo algo muy importante que empeoró: los americanos dejamos de compartir la misma cultura cívica. La clase obrera se fue apartando del matrimonio, de la religión y del respeto por la ley y en el otro extremo fue germinando una élite cada vez más aislada de la sociedad».
A Murray le preocupa esa división, porque la percibe como el principio del fin del sueño americano, y la impresión general aquí es que su diagnóstico es certero pero tiene difícil remedio. Sobre ambas cosas reflexionó para EL MUNDO el propio Murray, que percibe a Europa como el modelo que EEUU no debe imitar.
Pregunta.- Usted explica que las élites estadounidenses viven en burbujas y no conocen la América real. ¿Cuál es el origen de ese aislamiento?
Respuesta.- Es un fenómeno natural. A principios de los años 60, las universidades estadounidenses mejoraron sus técnicas para identificar a los jóvenes más inteligentes y reclutarlos. Esos jóvenes tuvieron éxito, desarrollaron gustos refinados y se casaron unos con otros. El problema no tiene tanto que ver con la primera generación como con las siguientes, que se han criado en entornos privilegiados y sólo han conocido la burbuja en la que viven sus padres. Casi un 80% de los alumnos de las universidades de élite en Estados Unidos procede de las familias más ricas y sólo un 2% se ha criado en vecindarios obreros. Esa cifra refleja hasta qué punto se ha detenido la movilidad social.
P.- Pero usted no cree que los políticos deban hacer nada para acabar con ese aislamiento.
R.- No. Entre otras cosas porque está muy bien que las personas más inteligentes vayan a las mejores universidades. Es el fruto natural de la meritocracia. No creo que el Gobierno deba interferir. Pero sí creo que las élites estadounidenses deberían ayudar a inculcar sus valores a la clase obrera y decir bien alto que merecen la pena el matrimonio, el esfuerzo o la honradez. Es hora de rescatar los valores que dieron forma al sueño americano. Me refiero a la buena vecindad y al optimismo que siempre tuvimos, incluso sin motivo. Nuestras élites deben volver a enamorarse de aquello que hace de EEUU un país excepcional: la libertad de sus ciudadanos para vivir como quieran y la responsabilidad para aceptar las consecuencias de sus actos.
P.- Usted dice que la clase obrera blanca no se rige por los mismos principios que hace medio siglo.
R.- Así es. Y yo diría que lo más importante que perdió fue su apego por el matrimonio.
P.- ¿Por qué eso es un problema?
R.- Por dos motivos. El primero tiene que ver con el esfuerzo: los estudios dicen que los varones casados son más productivos en el trabajo que los solteros. El segundo tiene que ver con los lazos que se establecen en los vecindarios. En Estados Unidos siempre nos hemos distinguido por la vitalidad de nuestras asociaciones. Me refiero a ONG que velan por los niños con problemas en el barrio, instituciones que enseñan a leer a personas adultas y organizaciones cívicas que luchan por poner una señal en un parque donde juegan los niños. Esas asociaciones definen la vida de una comunidad y son mucho menos frecuentes en aquellos lugares donde hay menos matrimonios. Y es una pena, porque esa capacidad de atajar los problemas de su barrio sin recurrir a la burocracia del Estado es uno de los detalles que hacen de Estados Unidos un país excepcional.
P.- Habrá quien diga que el apego al matrimonio no sólo lo han perdido los ciudadanos menos pudientes.
R.- Las cifras demuestran que no es así. En 1960 el porcentaje de personas casadas entre los ciudadanos más ricos (94%) era muy similar al de los más pobres (84%). En 2010 el primero rozaba el 83%, pero el segundo se había desplomado hasta el 48%. Los divorcios se han multiplicado por siete entre los pobres en el último medio siglo y la mitad de los niños nacen fuera del matrimonio. Esto crea muchos problemas emocionales. Pero también hace empeorar las condiciones socioeconómicas de la población. Alguien dijo que las mujeres civilizaban a los varones por medio del matrimonio y yo creo que es verdad. A medida que se ha desplomado el número de casados, se ha disparado el número de personas paradas o subempleadas entre la clase obrera blanca. Sólo la mitad de los hogares tiene al menos un miembro trabajando 40 horas a la semana y en el último medio siglo se ha multiplicado por seis el porcentaje de personas que cobran ayudas por discapacidad.
P.- ¿Está a favor de que el Estado ofrezca incentivos fiscales para promover el matrimonio?
R.- Me conformaría con que eliminara los incentivos para no casarse. El matrimonioresuelve problemas que el Estado del Bienestar no puede resolver. No tiene sentido usar ejércitos de burócratas para recaudar billones de dólares, devolver parte de ese dinero a personas que no lo necesitan y repartir el resto con regulaciones absurdas. El Estado del Bienestar merma nuestra responsabilidad y debilita las instituciones con las que los ciudadanos resolvían los problemas antes de él. Si esas instituciones desaparecen, es el Estado quien asume esas necesidades y el Estado siempre es la más torpe de las herramientas. Sin el tejido social de las familias y las asociaciones, los barrios se convierten en lugares estériles donde el hombre es lobo para el hombre. Hubo un tiempo en el que los barrios obreros estadounidenses estaban llenos de ciudadanos que mantenían a sus familias con empleos modestos y se sentían orgullosos de su contribución a la sociedad. Ahora eso ocurre cada vez menos.
P.- A usted no le gusta que los estadounidenses se parezcan cada vez más a los europeos. ¿Por qué?
R.- A mí me encanta hacer turismo por Europa. Pero en Europa el gran propósito de la vida es pasarlo lo mejor posible. Nosotros los americanos vivimos para trabajar. Ustedes los europeos trabajan para vivir. En América siempre supimos que lo mejor era dejar libertad a cada uno para vivir su vida y advertimos que el envés de la libertad era la responsabilidad. Uno es responsable de sus actos y, si no se ha molestado en ahorrar lo suficiente, el Estado no debe ayudarle. En Europa esa idea es insoportable. Mi impresión es que los europeos quieren que los políticos les alivien los baches de la vida y que en Estados Unidos pensamos que los baches son uno de los motivos por los que merece la pena vivir.
P.- Pero usted mantiene que cada vez nos parecemos más.
R.- Sí. Entre otras cosas porque nuestras élites están convencidas de que el modelo europeo es muy superior al americano y les gustaría implantar aquí algo similar. Al fin y al cabo, pagar más impuestos es un precio barato para acallar sus conciencias. Mucho más barato que implicarse en las vidas de sus ciudadanos menos pudientes. Si esto sucede, pronto será imposible distinguir a Europa de Estados Unidos y el proyecto americano habrá muerto para siempre.
P.- ¿Y qué habría de malo?
R.- En principio nada. Europa ha demostrado que se puede vivir muy bien en países donde han entrado en declive la familia, la religión y la comunidad. Pero la visión del mundo que se ha impuesto en países como España es muy problemática, porque viene a decir que la vida consiste en matar el tiempo del modo más placentero posible. Es lo que yo llamo el síndrome europeo. Semanas laborales cortas y vacaciones frecuentes. Países en los que el trabajo se percibe como un mal necesario que interfiere con los placeres de la vida y en los que buscar empleo se presenta como una imposición. En ese entorno es fácil comprender el desplome del matrimonio. ¿Para qué adquirir un compromiso de por vida cuando el Estado puede mantener a tus hijos? La alternativa al síndrome europeo es reconocer que merece la pena emplear nuestro tiempo en cosas importantes como educar a nuestros hijos o mejorar nuestra comunidad. Construir el mejor marco para que esas cosas fueran posibles fue siempre la esencia del proyecto americano. Pero esa esencia está en peligro por la división entre una clase obrera cada vez menos virtuosa y unas elites hedonistas que viven fuera de la realidad. A los miembros de esas elites la crisis apenas les afecta. Son los miembros de las clases bajas quienes pagan el pato por la crisis de la sociedad.