Un convoy desesperado para huir de Homs

El enviado especial de EL MUNDO relata cómo superó el asedio de la ciudad siria

Mujeres, niños y tullidos le acompañaron en una fuga nocturna a través del cerco

Un herido, junto a otros activistas rebeldes, en una calle devastada del golpeado barrio de Bab Amro, en la ciudad siria de Homs. / JAVIER ESPINOSA

La comitiva parecía propia de la España de la picaresca que describió Quevedo. Una hilera interminable de tullidos, mujeres y niños de aspecto penoso.

Estaba aquel herido que viajaba en calzoncillos, con las piernas, la cabeza y el brazo vendados y sosteniendo con la única mano útil que le quedaba el suero que se administraba. Apenas podía andar. Después había un cojo, herido en el pie, que lo mismo marchaba a saltos que era transportado a la espalda por uno de sus amigos. Otro chaval, con la pierna quebrada por la metralla, se hacía trasladar en una manta acarreada entre varios.

Ahmed, lacerado por la metralla de un cohete que le alcanzó en la pierna y el brazo, se apoyaba en Mohamed, que avanzaba renqueante con el agujero de una balazo de francotirador en la espalda.

También figuraban en el mismo tropel los periodistas Paul Conroy y Edith Bouvier, ambos heridos, y otros dos reporteros extranjeros, incluido el enviado especial de este diario.

Hasta los vehículos en los que viajaban parecían más propios del desguace que preparados para ese disparatado periplo. Camionetas con la carrocería cribada de balazos o metralla. Uno de ellos circulaba a trompicones, con una rueda pinchada.

Acosados por la ofensiva final del ejército leal al régimen sirio contra Bab Amro más de medio centenar de personas -muchas de ellas incapacitadas por sus lesiones- intentaron romper el cerco que sufría este barrio de la ciudad siria de Homs el pasado lunes en una expedición descabellada.

Un periplo nocturno a través de las líneas de las Fuerzas Armadas sirias tan arriesgado que sólo confirma la desesperación de una población abandonada a su suerte.

El trayecto comenzó en torno a las 21.00 horas. Las camionetas repletas de fugitivos se pusieron en movimiento a través de un paisaje casi fantasmagórico.

Calles desiertas y sumidas en la oscuridad transitables sólo a enorme velocidad. Los coches circulaban sin luces para evitar alertar a la legión de francotiradores que actúan en esa zona.

La población de Bab Amro se ha visto sometida a tal desvarío que para algunos de los que se habían asentado en la camioneta aquello semejaba ser una broma. Se reían al ver al periodista cubriéndose la cabeza con un ordenador.

«¡Silencio, por favor!», tuvo que exigirles uno de los milicianos. Otro chaval, sin embargo, era consciente del riesgo. No paraba de rezar.

Sólo una parte del camino se podía realizar a bordo de vehículos. El resto había que hacerlo a pie. Pero el cielo se iluminó de repente. Los uniformados gubernamentales debían de haberse percatado del ruido y sus morteros comenzaron a lanzar bengalas.

«¡Agachaos! ¡Agachaos!».

«¡Francotiradores! ¡Francotiradores!».

El grito de alarma provocó una primera desbandada. La mayor parte de los que huían corrieron a esconderse entre las ruinas de los edificios circundantes. Algunos de los impedidos tuvieron que conformarse con permanecer tendidos en el suelo. Sus porteadores se habían agazapado.

La suerte quiso que en esta ocasión los proyectiles iluminaran una zona un tanto lejana al emplazamiento real del grupo. Fue sólo un aviso del caos que se avecinaba.

«¡Mami, mami!».

Los menores llamaban a sus madres, aterrorizados por la caminata. Los miembros del Ejército Libre de Siria (ELS) que escoltaban al cortejo intentaron acallar a los chiquillos. «¡Shush!». Ya era demasiado tarde. La cuadrilla se encontraba a metros de una de las posiciones militares. Los lamentos de los pequeños debieron de alertarles.

El tiroteo comenzó de manera tan súbita como la explosión de las bengalas. Las balas empezaron a repiquetear en el entorno. Primero sólo una ráfaga que nos forzó a escondernos entre los hierbajos. Después, un aluvión de munición que generó una dispersión absoluta.

Corríamos a través de campos y viviendas. En medio de la absoluta negrura que dominaba el escenario. Las balas silbaban alrededor.

Este periodista siguió a dos de los fugitivos. Resultaron ser Ahmed y Mohamed. El primero parecía haber olvidado la metralla que se alojaba en su extremidad. Trotaba a una velocidad inusitada. Horas después bromearía sobre aquellos instantes: «¿Cómo he podido correr así si no puedo ni caminar?».

El trío terminó escondido en una arboleda. Agazapados durante más de una hora mientras los tiros seguían resonando en las cercanías.

Ahmed es un palestino de 23 años nacido en el campo de refugiados de la villa de Hama. Se unió a la revuelta desde su inicio. Luchaba en las filas del ELS. Se vanagloria de haber destruido 17 vehículos blindados antes de quedar inhabilitado. Ahora pretendía desplazarse al Líbano para ser atendido en un hospital del vecino país. Mohamed era su compañero de katiba (agrupación). También quería llegar al territorio libanés.

«¿Qué hacemos?». «¿Hacia dónde vamos?».

La tripleta estaba completamente perdida. Tras el tiroteo, la campiña volvió a sumirse en el silencio. Una ausencia de ruido casi más estremecedora que la misma refriega.

En ocasiones la vida se rige por normas ilógicas. El único extranjero recordó a duras penas que ése era el mismo trayecto que había realizado para entrar en el barrio de Bab Amro y tanto Ahmed como Mohamed le otorgaron el mando de la avanzadilla.

«Sólo sé que no podemos ir hacia la izquierda, allí está el ejército. Siempre hay que ir hacia la derecha. Pero no tengo ni idea del resto del camino», les expliqué. Suficiente para que nos pusiéramos en marcha de inmediato por sembrados y campos vacíos. Poco a poco las veredas de barro y las acequias se volvían familiares. Marchábamos paso a paso. En hilera. Ralentizados por el miedo y las heridas de la pareja. Mohamed era el que más sufría. Parecía al borde del colapso y tenía que apoyarse en nuestros hombros.

Finalmente llegamos hasta una zona habitada. En Homs la revuelta es una causa general. Bastó con que Ahmed tocara una de las puertas y se identificara para que una camarilla de jóvenes se apresurara a esconder al trío.

Minutos más tarde, nos encontrábamos escapando del lugar a bordo de una motocicleta. Cuatro personas en el mismo vehículo. La noche es de los sublevados. La moto se detuvo frente a una patrulla del ELS que cortaba el camino. Ellos fueron los que se encargaron de evacuar al terceto hasta una aldea alejada de los emplazamientos de los soldados leales al presidente Bashar Asad.

Ya fuera del cerco, los evadidos inquirieron por el resto del grupo. «Han capturado al menos a dos combatientes, dos heridos y un periodista». Se referían al británico Paul Conroy. La información era falsa. El fotógrafo del Sunday Times consiguió eludir la emboscada. La suerte de Edith Bouvier y el fotógrafo William Daniel se mantenía en la confusión. Miembros de la oficina de prensa de Bab Amro explicaron más tarde que se habían tenido que replegar junto a muchos otros, pero que se encontraban «a salvo».

El jueves por la noche, la familia de Bouvier anunció que habían llegado al Líbano.

El destino de Bab Amro ha quedado sentenciado. La revuelta semeja haber sido aplastada allí, pero continúa en otras muchas regiones. Al sur de Homs, en Qusair, por ejemplo, los rebeldes claman controlar más de la mitad de la villa. Los habitantes deambulan por sus callejuelas con cierta tranquilidad a plena luz del día cuando amainan los bombardeos, un lujo del que nunca pudo disfrutar el suburbio de Homs durante semanas. Hasta se pueden comprar bocadillos de falafel, una de las comidas más típicas de la región.

«Tienen 70 tanques rodeando la población y 5.000 soldados, pero no se atreven a entrar», precisó uno de los integrantes de la Brigada Faruk del ELS, la misma que domina toda la región agrícola de Homs y que defendió hasta el final su bastión de Bab Amro.

Ello no es óbice para que la entrada a la urbe se tenga que hacer a una velocidad alocada para evitar la acción de los tiradores emboscados y los blindados. Una precaución justificada. En uno de los arcenes todavía ardía la carcasa de un coche alcanzado por los proyectiles tan sólo una hora antes.

La guerra no tiene ningún método. Ninguna enseñanza permite prever quién vivirá y quién se convertirá en estadística. En la misma jornada en la que este periodista logró superar el asedio de Homs, los opositores denunciaron la muerte de un total de 64 personas que también intentaban hacer lo mismo. Según ellos, algunos eran mujeres y niños.

Para Assem, un obrero de 36 años alistado en las filas de los alzados, la posible derrota en Bab Amro -todavía no era una certeza cuando habló con el informador- no doblegará a la insurrección.

«Él [Bashar Asad] no lo ha comprendido. Yo, por ejemplo, le quería cuando accedió al poder. Pensaba que era diferente a su padre», explica. «Si sólo nos hubiera dado esto [se señala un trozo del dedo meñique] de libertad, nos habríamos callado. Pero cada vez que asesina a nuestros familiares nos refuerza las ganas de matarle».