AUNQUE según Fernando Lázaro, máximo zahorí de la Imperial Cloaca que sigue dominando el Ministerio del Interior, el actual Director General de la Policía, Ignacio Cosidó, se está esforzando en desmontar la banda trapacera de Cloalcaba, el caso Emperador o la tramaGao Ping, cuyas últimas novedades ofrecía ayer EL MUNDO, demuestra que no es lo mismo desmontar una banda de aluniceros que una banda de comisarios. Y que lo que empieza exactamente igual que en las películas, como la costumbre de aceptar regalitos en especie y luego en metálico para complementar el nada pingüe sueldo del policía, acaba convirtiéndose en una trama de favores en la que ya no se sabe cuándo los mafiosos ayudan a la Policía y cuándo la Policía trabaja para los mafiosos. Por lo que contaba ayer con abundantes detalles Fernando Lázaro, en la Policía más de un agente ha dado el paso que jamás debería dar y que los jefes no pueden tolerar: el sabotaje de la actuación de la Justicia, en concreto de la fiscalía, que habría descubierto la relación del gángster chino Gao Ping con ciertos elementos policiales que solían recibir regalitos del ahora encausado en la operación Emperador.
Que un policía se corrompa es inevitable. Que lo haga una sección policial completa es normal. Lo anormal es que, al destaparse esa corrupción, haya agentes que actúen contra la Justicia como miembros de la banda corruptora y no sólo de agentes corrompidos por una determinada cantidad de dinero que tratan de defenderse. La diferencia es abismal: en un caso, la Policía ha sido corrompida por la mafia; en otro, la Policía se ha convertido en parte de la mafia y conspira con el uniforme puesto contra la Administración de Justicia, la Ley, a la que debe servir.
En mi opinión, la impunidad de la que gozan las cloacas del Estado se basa en el recurso periódico del Poder Político a la Policía, la Guardia Civil o el CNI para realizar actuaciones ilegales contra los enemigos políticos del Gobierno, a cambio, claro, de promoción profesional. Del 11-M al Faisán, de los Pata Negra de Roldán al CNI, antes CESID, que espía reyes, ministros, banqueros o periodistas, son incontables los casos en que las cloacas han mostrado su utilidad y ganado su impunidad. Se empieza espiando la sede de Génova 13 y se acaba sirviendo a Gao Ping.