¿Contra quién va el elogio?

UNAMUNO habría lanzado al vuelo una pajarita de papel al comprobar que la muerte de Adolfo Suárez confirmaba su pregunta más sagaz: ¿Contra quién va el elogio? El presidente fallecido se merecía que la Historia le colocara en su sitio. El balance de su gestión es abrumadoramente positivo. Cometió errores. Fue perseguido y estigmatizado hasta la náusea. Padeció el fracaso electoral de quedarse con dos diputados. Pero sus aciertos durante la Transición fueron tan sólidos que treinta años después el reconocimiento popular le ha acompañado.

Dejando aparte lo que en justicia le correspondía, ¿por qué los políticos del más vario pelaje han puesto al galope «los caballos voladores de la alabanza»? ¿Por qué los periodistas más irrefrenables han encendido el incienso de la glorificación? ¿Contra quién iba el elogio?

La respuesta no parece difícil. Algunos han ensalzado a Suárez hasta el empalago para criticar a los dirigentes políticos actuales y para mortificar al Rey. De forma especial muchos de los elogios dirigidos a Suárez estaban destinados a decirle a Mariano Rajoy que, al lado del presidente fallecido, es una catástrofe; a explicarles a los líderes actuales que actúan defendiendo el interés de su partido y no el interés general.

A Suárez no le hubiera gustado servir de coartada para la agresión a políticos e instituciones. Mucho menos al Rey. Eso lo ha explicado muy bien su hijo, harto de que se manipule la figura de su padre, satisfecho también de todo lo que ha habido de sincero y justo en el restablecimiento histórico del lugar que ocupa en la Transición el presidente desaparecido.

Ortega y Gasset reflexionó sobre la tradición cainita de la política española y subrayó la capacidad ilimitada de muchos de nuestros compatriotas para olvidar las lecciones de la Historia, incluso las más cercanas. Ciertamente el régimen está agotado. Solo si se sabe hacer una reforma constitucional profunda podrá prolongarse el espíritu de la Transición. La lenidad y la inactividad acentuarán la gravedad de la situación. Y que nadie se engañe: o se hace ordenadamente una reforma constitucional desde dentro o se hará revolucionariamente desde fuera.

Volvamos a Unamuno. El autor de El sentimiento trágico de la vida odiaba las reyertas y los debates estériles. Su respuesta fue aquel artículo inolvidado: Cro, cro, cro, cro. Hasta las ranas del estanque del Retiro están hartas de tanta especulación y tanta memez.

Luis María Anson es académico de la RAE.