ÁNGELA Bachiller es la primera concejal con síndrome de Down y ocupa plaza en el Ayuntamiento de Valladolid. Como no conozco bien Valladolid, ni su consistorio, ni a Ángela, me abstengo de entrar en este asunto concreto por precaución al balconing sentimental al que empujan ciertos temas. Lo que sí tengo observado es el síndrome de Down. Muy cerca de mí está Ana, afectada por esa cromosopatía. No va para concejal, pero no tengo duda de que hay en ella (también) un valor fundamental: el ímpetu de sentirse autónoma a su manera y la gozosa libertad de quien intuye que razona de otro modo, con una mitad de dependencia y otra de originalidad. Quizá eso no baste para que Ana pueda echar un voto, pero sobra para que no sea considerada una mujer sin opciones. Ni parte de esa cuota ecológica que, por su anomalía, emociona cuando hace algo sencillamente normal.
Molaría que la conocierais. Un mediodía, andaba ella por los 15 años, vino a la redacción con sus compañeros del colegio. Nada de lo que allí le enseñaron le impresionó demasiado, hasta que alguien explicó que trabajábamos en las noticias del diario de mañana. Entonces fue a la lógica –sí, la lógica–, me miró con gesto duro y tiró a dar: «¿Las de mañana, primo Antonio? Pues si son las mismas que han dicho en la radio al despertarme ya me las sé». Algunas fueron las mismas. Por el periódico no me volvió a preguntar.
Ana exige con su discurso gestual un tú a tú. Que no la degrades a sujeto teóricamente gracioso. Ana no soporta a los limosneros del hecho diferencial, ni a los que vienen con la fórmula masticada de saber cómo tratarla porque han estudiado en un liceo de progres. No se trata de hacer de un hombre o mujer afectados por el síndrome de Down alguien más original por compasión, ni por ternura. Eso es ofensivo. Y humillante. Tampoco aspirar a que dirijan el FMI, ni siquiera Bankia. Pero esta gente, porque hay grados y cada uno es distinto, tiene un sitio más allá de esa mano que les das en la calle al cruzar.
No conozco a ningún síndrome de Down premeditadamente malvado y que no sea responsable hasta donde la vida le da. No puedo escribir lo mismo de nosotros en mi oficio, en mi presente, en mi barrio, en mi ciudad. Ana tiene una discapacidad mental, pero no se nota cuando escuchas a algunos políticos justificándose en voz alta. Lo de Ángela, en Valladolid, está bien. Es un paso más para integrar. Se lo tengo que contar a Ana cuando vayamos el viernes a las calas, si no lo ha leído ya.