>SANTIAGO CARRILLO

El comunista que hizo posible la democracia

El ex secretario general del PCE fumando un cigarrillo. / BEGOÑA RIVAS

Imagen de un jóven Carrillo durante la década de los 30. / EL MUNDO

Si aceptamos, como algunos historiadores sostienen, que el siglo XX en Europa no comienza de manera efectiva hasta el final de la I Guerra Mundial, cuando el viejo orden muere y el novecentismo pasa definitivamente a la Historia, podremos decir que Santiago Carrillo ha sido la encarnación viva del siglo XX.

Él personificó en España el nacimiento y auge de una de las ideologías totalitarias que dominaron el siglo: el comunismo. Pero muchos años más tarde, en la década de los 70, tuvo la lucidez y la valentía de abandonar la fe que cegó durante décadas a miles de comunistas intelectualmente honestos y propició el distanciamiento del Partido Comunista de España respecto de la ortodoxia ideológica y el poder formidable que seguía emanando de Moscú.

Levantó entonces, con la ayuda de Enrico Berlinguer, secretario general del Partido Comunista italiano (PCI), la bandera de una nueva forma de socialismo real: el eurocomunismo. Desde esa posición conquistó para él y su partido un lugar de honor en la reciente Historia de España, aunque al mismo tiempo ello supusiera el principio del fin de su larga carrera política y la cuasi desaparición del PCE como fuerza determinante de la escena política española.

En cualquier caso, nadie a estas alturas podrá ya negar nunca al secretario general del PCE su aportación impagable al hecho de que el camino recorrido por los españoles desde la dictadura a la democracia se pudiera recorrer en paz y llegara felizmente a término. Por todo eso se puede decir que la historia política de Santiago Carrillo ha sido también la Historia de España del siglo XX.

Hijo de un veterano militante socialista, Carrillo era todavía un niño -13 años- cuando entró en las Juventudes Socialistas (JJSS). Con 18 era ya secretario general de la organización y un chico protegido por Largo Caballero, quien veía en él a un prometedor líder del socialismo español.

Todavía dentro de las filas del PSOE, Carrillo participó en los preparativos de la revolución de Asturias de 1934. Fue detenido y encarcelado y salió, a los 19, decidido a servir con todo fervor en las filas del comunismo, la que entonces era para muchos una ideología salvadora.

Por eso trabajó con ahínco para lograr la fusión de las Juventudes Socialistas españolas con la Unión de las Juventudes Comunistas. Una fusión que el PSOE vivió como una traición en toda regla del joven Carrillo, en la medida en que este partido quedó privado de un plumazo de sus bases juveniles, que fueron absorbidas con armas y bagajes por el Partido Comunista.

Eso sucedía en abril de 1936 y en el mes de noviembre, ya en plena Guerra Civil, Carrillo ingresó definitivamente en el PC. Inmediatamente empezó a asumir puestos de responsabilidad dentro del partido y fue designado consejero de Orden Público de la Junta de Defensa de Madrid, presidida por el general Miaja.

De ese tiempo en que fue responsable de Orden Público proceden las acusaciones, siempre desmentidas por él, de ser el responsable de las matanzas de Paracuellos del Jarama. Más de 2.000 presos fueron sacados en aquellos meses de las cárceles madrileñas con el pretexto de su traslado a otras prisiones más alejadas del frente, que entonces estaba situado en el límite de la ciudad.

Pero los presos fueron fusilados en masa y enterrados en fosas comunes en varios pueblos cercanos a la capital. Carrillo siempre insistió en que su jurisdicción sobre el Orden Público terminaba en Madrid y no podía controlar lo que pudiera suceder fuera de la ciudad. Hace ya muchos años que consideraba un esfuerzo inútil volver a desmentir una acusación que, de todos modos, le ha perseguido hasta su muerte y quizá lo siga haciendo más allá de este día.

En 1939, un mes después de terminar la guerra, Carrillo hizo pública su decisión de romper todo tipo de lazos con su padre, Wenceslao, viejo militante socialista, a causa de sus radicales discrepancias políticas. Carrillo publicó una carta en la que el hijo acusa de traidor al padre en estos términos: «Cada día es mayor mi amor a la Unión Soviética y al gran Stalin, al que vosotros odiáis y calumniáis precisamente porque ha ayudado a España de una manera constante a través de nuestra lucha [...] Entre un comunista y un traidor no puede haber relaciones de ningún género. Tú has quedado ya del otro lado de las trincheras».

Ésa fue, por otra parte, la historia de miles de familias españolas rotas por la guerra y separadas para siempre por razón del poder feroz de las ideologías totalitarias de la época: el comunismo y el fascismo. Años más tarde, Carrillo dijo en sus memorias, que aquella misiva era «un documento emblemático de la tragedia nacional y de las múltiples tragedias personales de entonces».

Cuando abandonó España al final de la guerra tenía 24 años. Inició entonces una vida de exilio que duraría casi cuatro décadas. En 1960, fue nombrado secretario general del PCE, cargo en el que se mantuvo durante 22 años. En todo ese tiempo dirigió el partido con mano férrea y protagonizó implacables enfrentamientos - siempre con la imposición de su poder- con destacados militantes que se atrevieron a discrepar de las tesis oficiales del partido. Fernando Claudín y Jorge Semprún, dos de sus más conocidas víctimas políticas, fueron expulsados del Partido Comunista en 1964 por sostener que el proceso político que se iba a seguir en España tras la muerte de Franco no iba a ser una revolución sino un proceso de cambio.

A pesar de eso, durante el VIII Congreso del PCE, celebrado en 1972, fue el propio Santiago Carrillo quien propuso el llamado Pacto por la Libertad, que reconocía la necesidad de un pacto entre las fuerzas de todo el arco político español para lograr el derribo de la dictadura.

En 1974, y ante la evidencia de que el régimen estaba próximo a su fin, su sentido práctico se puso en marcha. Quería encontrar la vía para que el PCE pudiera estar presente en el escenario político español desde el mismo instante en que Franco dejara de existir. Fue entonces cuando el líder comunista se dispuso afanosamente a buscar lo que él llamaba «una bisagra», «alguien que nos abra la puerta desde dentro», escribió en sus memorias.

Y lanzó sus anzuelos. Primero, al teniente general Manuel Díez Alegría, a la sazón jefe del Alto Estado Mayor del Ejército. Después a don Juan de Borbón, padre del por entonces Príncipe de España Juan Carlos de Borbón, sucesor designado por Franco a título de rey. Díez Alegría era un militar liberal y el conde de Barcelona llevaba años levantando bandera de una monarquía liberal y democrática, frente a la monarquía del 18 de julio que el régimen quería asegurarse a través de don Juan Carlos. Pero lo que aquí se quiere subrayar es que, antes de la muerte del general, él ya había apostado por un proceso gradual de cambio.

Por eso mismo puso en pie una plataforma de oposición antifranquista, la Junta Democrática de España, que se presentó públicamente en París en julio de 1974, justo cuando Franco sufrió su primera enfermedad grave: una tromboflebitis. El percance puso en guardia a todos, dentro y fuera del régimen, ante la evidencia de que la muerte de Franco no estaba lejana y se hacía urgente tomar posiciones para el futuro. En la presentación de la Junta, a la que se sumaron otros partidos de la oposición y el sindicato Comisiones Obreras, pero no el Partido Socialista ni otras formaciones políticas, Carrillo volvió a recordar la propuesta de Reconciliación Nacional defendida desde hacía años por su partido.

En julio de 1975, Carrillo presentó junto al líder comunista italiano, Enrico Berlinguer, un documento que serviría de base al llamado eurocomunismo. Se trataba de remodelar el perfil de los partidos comunistas del sur de Europa para dejarlos en condiciones de participar en el escenario político con posibilidades reales de disputar el poder al resto de las fuerzas en acción.

Muerto Franco en noviembre de 1975, Carrillo recibió, a través de su amigo, el presidente rumano Nicolae Ceaucescu, un mensaje extraordinario. El nuevo jefe del Estado, el Rey Juan Carlos, quería hacerle saber que se proponía conducir al país hacia un régimen democrático y le aseguraba la pronta legalización de los partidos políticos, aunque probablemente la del PCE necesitaría más tiempo. El Rey le pedía que tuviera paciencia y contuviera las acciones callejeras de sus partidarios. Si una mínima tranquilidad política el nuevo Gobierno no estaría en condiciones de empezar a acometer las primeras reformas.

De ese modo, Carrillo supo que el Rey le tenía en cuenta para proyectar el futuro -lo cual era bueno-, pero que su partido corría el riesgo de quedar excluido de la legalidad en el primer tramo de la Transición, lo cual era peligroso y podía llegar a ser políticamente letal para el PCE. Contra ese riesgo es contra el que el secretario general del Partido Comunista de España luchó desde entonces con inteligencia, audacia y unas dosis de buen pulso y responsabilidad que acabaron por granjearle el respeto mayoritario de los españoles.

Lo primero que hizo fue venirse a vivir a España. En febrero de 1976 atravesó la frontera franco-española disfrazado con peluca y con un pasaporte falso. Desde su refugio clandestino en un chalet del barrio madrileño de El Viso preparó su estrategia política. Tenía que conseguir dos cosas. Una, demostrar la fuerza de su partido. Otra, dejar clara al Gobierno su oferta de colaboración para lograr un tránsito pacífico y ordenado hacia un sistema democrático.

«Era necesario seguir el ritmo, no quedarse demasiado atrás en la carrera de la legalización, tratar de situarse en la línea de salida para cuando se convocase la batalla electoral», explicaría años después en sus memorias. Pero había un problema muy serio. Dentro de la plataforma unitaria de la oposición que había logrado, por fin, unificarse casi al completo, muchos aceptaban sin problemas la idea de que el PCE no fuera legalizado hasta después de que se hubieran celebrado las primeras elecciones generales.

A eso se iba a oponer Carrillo con todas sus fuerzas y con toda su inteligencia. Y para evitar precisamente esa marginación inicial que podría haber acabado por ahogar a su partido, el líder comunista decidió jugar sus cartas en solitario.

De entrada, lanzó varios órdagos políticos al propio presidente del Gobierno, Adolfo Suárez. Al mismo tiempo, se ocupó de dar un vuelco a su propio partido para que empezara a digerir a toda velocidad lo incontestable: que la revolución ya no era posible; que la ruptura, tal como se había entendido en el PCE, tampoco lo era, y que el partido debía entender que había que entrar por la vía de la reforma de Suárez. A cambio, eso sí, de conseguir la legalización antes de las elecciones y, con ella, una segura y aplastante victoria electoral. Un sueño político que, si se sometían a las nuevas reglas del juego, podría estar al alcance de la mano.

El 22 de diciembre de 1976, Santiago Carrillo fue detenido en Madrid por la policía. La detención del líder comunista fue noticia de primera página en todo el mundo democrático y produjo una auténtica conmoción en España. Pero él sabía muy bien que hacía ya muchos años que Franco había declarado prescritos los delitos cometidos antes del 1 de abril de 1939, día en que terminó la guerra.

Por lo tanto, Carrillo, que no había vuelto a España desde aquella fecha, no podía ser juzgado ni condenado por delito alguno. Y así sucedió. Una semana después de su detención, el líder comunista fue puesto en libertad. A partir de ahí, su única obsesión sería la de lograr la legalización del PCE antes de las elecciones.

El 24 de enero de 1977, cinco personas, pertenecientes a un despacho de abogados laboralistas miembros del Partido Comunista, fueron asesinadas. Aquél fue el periodo más difícil de la Transición política. Parecía que todo el esfuerzo realizado hasta entonces iba a saltar hecho pedazos a causa de los intentos sangrientos y desesperados de quienes querían cerrar a los españoles el camino hacia la democracia.

El secretario general del PCE lo entendió también así y dio orden de que nadie en su partido respondiese a las provocaciones. El entierro de las víctimas, realizado en total silencio por decisión de Carrillo, fue la ocasión para que el PCE diera una lección pública de disciplina, fuerza y responsabilidad. En opinión de muchos, el PCE se ganó su legalización en aquella jornada dramática.

El 27 de febrero de ese año 1977 Carrillo se entrevistó en el más absoluto secreto, de hecho en la clandestinidad, con el presidente Suárez. Durante más de siete horas hablaron de política y, sobre todo, de la posible legalización del PCE. No hubo acuerdos, no hubo pactos, pero ambos hombres salieron de aquel encuentro con la impresión de que podían confiar en la palabra del otro y de que, llegado el caso, ninguno de los dos se iba a tender una trampa.

El 9 de abril de 1977, el Gobierno anunciaba la legalización del Partido Comunista de España y, con ello, se abría una de las crisis más graves producidas en el seno de las Fuerzas Armadas, cuyos mandos recibieron la noticia con un grado de indignación tal que hizo temer lo peor a la ciudadanía y al propio presidente del Gobierno. La respuesta de Carrillo a Suárez estuvo, sin embargo, a la altura de lo que éste necesitaba.

Era el 14 de abril y el Comité Central del PCE se reunía en España por primera vez desde la Guerra Civil. En su segunda jornada, Carrillo se dirigió a sus camaradas con toda crudeza: «Nos encontramos en la reunión más difícil que hayamos tenido hasta hoy desde la guerra» les dijo. «En estas horas, no digo en estos días, digo en estas horas, puede decidirse si se va a la democracia o se entra en una involución gravísima que afectaría no sólo al partido y a todas las fuerzas democráticas de oposición, sino también a las reformistas e institucionales». Hecho. Minutos más tarde, Carrillo anunciaba que su partido acataba los tres principios que los militares habían sentido amenazados por la legalización del PCE: la unidad de España, la bandera nacional y la Monarquía.

A partir de ese día, el clima político español fue bajando de tono y el país se encaminó con esperanza a la celebración de las primeras elecciones libres de los últimos 40 años. Pero el 15 de junio de 1977 los resultados electorales supusieron la primera decepción para los comunistas, que obtuvieron un escuálido 9,2% de los votos y 20 escaños.

Fue el PSOE y no el PCE quien se alzó claramente como partido hegemónico de la izquierda. Y ése fue el primer instante de un largo proceso de descomposición de la disciplina y de la fe que habían mantenido hasta entonces intacta la cohesión interna del Partido Comunista y rigurosamente indiscutida la autoridad de su secretario general, quien, en esa época, todavía gozaba del máximo nivel de popularidad y de prestigio, tanto en España como en el extranjero.

El momento de máxima gloria política de Carrillo en este período democrático marca también inexorablemente el inicio de su decadencia como líder del PCE, sobre todo a partir de noviembre de 1977, cuando, en un viaje por EEUU anunció, para sorpresa e indignación general de sus camaradas, que el partido iba a abandonar el leninismo.

Ahí se inició un proceso de descomposición y de enfrentamientos internos que acabaron poniendo en evidencia las dificultades de ajuste de un partido comunista crecido y madurado en la clandestinidad, pero que se vio forzado por la realidad a modificar abruptamente su funcionamiento interno, las bases y razones de su propia disciplina y su propia relación con una realidad que no era aquélla para la que sus militantes se habían estado preparando durante décadas. En 1981 los conflictos estallaron uno detrás de otro y a los conflictos siguieron las expulsiones masivas de los disidentes. Una vez rota la vieja ley de sometimiento absoluto a la autoridad del líder, las múltiples vías de agua acabaron por dejar la nave semi hundida y casi inservible para la travesía política.

En noviembre de 1982, tras el fracaso en las elecciones del 28-O, en las que el PCE obtuvo tan sólo cuatro diputados, presentó su dimisión como secretario general, aunque continuó como miembro del Comité Ejecutivo, del Comité Central y como portavoz del PCE. Tres años más tarde, sin embargo, sería la nueva dirección del partido la que acabaría cesándole de todos sus cargos y degradándole a militante de base. Carrillo abandonó entonces el PCE y trató de fundar otro partido, que no llegó a sobrevivir porque terminó disolviéndose para integrarse como corriente dentro del PSOE. Sin embargo, él nunca llegó a ingresar en las filas socialistas, en las que había militado siendo casi un niño.

En cualquier caso, devorado como todos los grandes líderes de su tiempo por el proceso del cambio que ellos contribuyeron a poner en marcha, la democracia española, conquistada con tanto esfuerzo como serenidad, con tanta prudencia como valentía, le debe a Carrillo un sitio de honor en este tramo de la Historia. Hace tiempo que España dijo adiós al siglo XX. Hoy despide también a quien lo vivió en toda su hondura, con todos sus desgarros y contradicciones y que, levantado el vuelo en su último cuarto de existencia, ha cerrado su andadura viejo, pero fuerte y vigoroso hasta el final. Como ese siglo XX que, definitivamente, muere con él.

Santiago Carrillo Solares, ex secretario general del PCE, nació en Gijón el 18 de enero de 1915 y falleció en Madrid el 18 de septiembre de 2012.